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lunes, 12 de julio de 2010

LA ESTACIÓN

El sol está tapado por nubes grises;
son las siete de la tarde,
y sobre los bancos pintados de verde hay dos maletas;
dos niños, uno rubio y otro moreno, juegan
sobre los raíles, recogiendo billetes viejos.
La cantina está desierta y solitaria;
el hombre de uniforme está sentado en la oficina;
un muchacho joven deambula de un lado para otro
esperando la llegada del tren,
camina despacio, levantando la punta de los pies,
y al llegar a los servicios, da media vuelta
e inicia el mismo y monótono recorrido.
Ha llegado una mujer que observa el horario en el tablón;
yo miro el reloj de la estación, y oigo
el sonido de un tren que se acerca.
Me invade una profunda melancolía,
mientras observo los vagones
detenidos en la otra vía,

todo me habla de una espera
y de un punto de partida,
y de un lugar perdido entre los álamos podados,
que no es más que un lugar de paso.
Ha comenzado a llover, y el tren,
que era un “mercancías”,
pasa de largo y veloz.
¡Qué tristeza y qué desesperanza me causan las estaciones!;
me recuerdan la muerte, un viaje sin regreso,
una larga espera para nunca más volver,
o un mundo gris sin flores ni sin pájaros.
¡Qué dolor tan inmenso siento!
¡Qué hastío tan vacío y tan lleno de pensamientos pasajeros!
Han pasado diez minutos y “la serpiente de hierro”
aún no ha llegado;
todo es soledad en el andén,
sólo el silencio se interrumpe cada día
por el ruido ensordecedor de las locomotoras,
como ayer y como mañana,
en un lugar en el que no existe el hoy.
¡Por fin ha llegado!,
se detiene con un chirrido lamentoso,
me subo al final del último vagón;
se pone en marcha
y veo alejarse la estación
y los raíles rectilíneos y paralelos...
Dejo atrás el mundo del vacío y la tristeza,
del silencio y de la espera,
en el aire hueco de un eco de la muerte.