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domingo, 25 de julio de 2010





SIN PRINCIPIO NI FIN. POLVO ENAMORADO.


Tantos besos que me encendieron;
me encendieron las pupilas, los labios,
la médula acogedora del centro de mi cuerpo,
como cueva vacía,
hambrienta de pasión de fuego eterno e imperecedero
que me durmiese como licor de borracho
en la eterna noche de ensueño sicodélico sin fin:
pasaporte de la muerte
a un presente quieto de llamas que me consumiesen,
dejando como hijos, ceniza de átomos enamorada,
para fecundar la tierra y el universo
al soplido del viento caprichoso,
para procrear, matando el mal,
un universo de universos
como mi niño soñó con poder soñar y concebir.
Tantas manos en mi espalda
recogiéndome en su seno,
como madre a ser recién parido.
Tantos surcos en mi pelo de dedos como arados,
sembrando mis sesos,
ávidos de hacer nacer
el paraíso elegido por el dios de todos los dioses,
para mí y para mi primer amor.
Tanto aliento preñado de alcohol
empapando mis mejillas,
para encender en la llama de mi boca
las chispas de dos lenguas como rocas iniciales,
un voluptuoso volcán
que nunca consumiese su lava,
siendo grito sostenido del infierno
de VIBRACIONES TOTALES Y PERENNES.




AYER ENCONTRÉ EL UNICORNIO DE SILVIO.




Ayer en el cielo encontré
un unicornio azul
con su cuerno de añil.
Estaba sentado en su camita
y tenía en la mano un ramo de flores.
Me dijo que en el cielo
los ángeles tenían juguetes vivos
y que Silvio siempre dormía abrazado a él;
que lo perdió, porque lleno de nostalgia,
se marchó en un viaje a la niñez
para decirle a su madre Lealtad
que siempre continúa pensando en ella
y jamás su corazón la había soltado de la mano.
Me contó que solo hablaba
Cantando canciones con la TERNURA,
“un poco con amor, un poco con verdad”,
porque era un ángel
cuya misión es hacer regalos
de amor y sinceridad
en la cajita de la sensualidad y la belleza,
sin importarle nunca
el dinero que costase…
“cien mil… un millón… “
Que en el cielo
no se compraba ni vendía nada,
y todo se compartía
ayudando unos a otros;
porque Dios,
aunque era un poco mandón,
siempre hacía lo mejor para todos;
no hacía ninguna diferencia entre unos y otros,
y le pedía “a cada uno según su capacidad”,
y le daba “según sus necesidades”.
A los ángeles que solo sabían hacer poesía
les regalaba instrumentos musicales,
y sólo les pedía aprender a tocarlos
hasta que hacían canciones
tan bonitas como las de Silvio;
entonces venían a la tierra
para decirnos la verdad
cantando,
como el ángel Milanés,
que en el cielo dormía abrazado
a una muñequita llamada Yolanda,
y en la tierra pronunciaba
“eternamente su nombre”.
Luego se despidió diciéndome
que le pidiese a Silvio
“un millón” de bendiciones;
y cantando, “se fue…”
(¡“Ojalá” encuentre
todos los unicornios azules…!)
AUTORRETRATO DE UN MOMENTO.

Demonio melancólico,
con vocación febril de místico asceta.
Nostálgico de lo hermoso del pasado,
de huellas vívidas felices
grabadas en el alma
buscadora de frenética
liberación divina eterna.
Enamorado de Cervantes,
por ser padre de su aventajado hermano,
el bueno, Alonso Quijano.
Amante celoso y con envidia
de las entrañas de las leyendas de Bécquer,
por tan sublimes, más reales y codiciadas
que su propia vida.
Tan soñador, viviendo en sueños,
y sin vivir los despertares
de la mañana, de la noche y del mediodía,
adolescencia y juventud,
poniendo al término de cada ciclo
querer cambiar frenesí
por sosiego infinito
con hachazos suicidas.
Devorador de porqués y perfecciones,
iluso alumno compulsivo de la escatología.
Bohemio por no disponer de tiempo ni de oídos
para las órdenes externas
de la maligna disciplina.
Revolucionario, a lanzazos y pedradas
contra el dharma, el Logos, el Arjé,
los sámskaras y el kharma de su vida,
del universo, de todos los universos,
de casi todo lo que vive,
de casi todas las vidas.
devoto de Sainath, enamorado de su maestro supremo
del que desea henchirlo todo
sin medida.


OM SAI RAM
DEBAJO DEL PILAR.


Y tus dudas sobre mi verdad,
sobre el ahora silencio
henchido de gritos,
que alimenta mi alma
de puñaladas de viento ardiendo,
son como el universo vacío,
tal como concebimos el espacio sin términos,
desnudo de materia;
sólo penden dos gotas
que van a desaparecer la tierra
y como dos lágrimas que inundan mi ser,
arrastrando en su caída a la nada,
o al fondo del nunca más,
mis ojos ensangrentados y sin vida,
en un adiós que sólo pronunciaste tú.
PARTIENDO.

Converso contigo a solas,
yo le hablo a la esperanza,
doy cuerpo a una ilusión
con dos o tres de tus palabras;
así huyo de mi soledad,
posando en tu mano mi alma,
hoy, uno de esos días grises
en los que te nublan las lágrimas,
cierro los ojos y sueño,
achico el agua salada,
con lo poco que conozco de ti,
dos o tres de tus palabras.
Abro el corazón por cualquiera de sus llagas
posando en tu mano mi alma;
si hay algo, lo suficiente,
para llenar unos momentos
de tu vida
con la misma felicidad
que para mí deseara,
rompe la frialdad,
esa distancia que nos separa,
y enséñame cuánto guardas
desnuda de ropa y barro,
como yo quiero enseñarte,
a corazón desnudo,
mis miserias, mis pobrezas,
ilusiones y entusiasmos,
caliente humo de sangre
que ama y sufre,
uno de esos días grises,
quizás entre otras cosas,
por dos o tres de tus palabras,
que me hacen forjar con miedo
una incierta ilusión amarga,
porque faltan muchas palabras
para que se quiebre o crezca
esa ilusión forjada;
y este niño que te piensa
pueda quemarse bebiendo
de tu alma enamorada,
entregándote mi aliento,
el aliento de tu alma;
con la mirada perdida
en “aquella” puesta de sol:
una de tus palabras;
¿recuerdas... ?,
algo que también tu amas;
como yo amo a cuantos sufren,
porque conocen amor,
y ayer creció esa ilusión
al ver caer una lágrima,
que me hace soñar beberlas todas,
para que nunca sufras a mi lado,
niña mía, dulce Ana.

SOLAMENTE EL AMOR.

Tantas miradas, tantos suspiros,
tantos sexos cómplices,
tantos estallidos de nuestros cuerpos y espíritus;
almas y mentes en frenéticas muertes
hacia el sueño postorgásmico.
Tantas hembras que yo amé
bajo el juramento de amarme.
... y hoy, después de tantos siglos enamorado
de la mujer y del amor,
después de tantos holas y adioses,
con los surcos en mi piel,
y el cabello helado,
los ojos secos sin miradas ni lágrimas
que permitan ser espejo del pasado
a tanta nostalgia, recuerdos y melancolía,
mientras la nada espera envolver y abrazar
mi cuerpo y mi espíritu,
ensañándose en el último expirar,
aconsejo al niño del vientre de la mujer
que más me amó y me ama,
a esa última generación de mi amor,
del amor hacia mí y de mi ser,
que apure el tiempo exiguo de su vida
en respetar el horizonte de mi mirada,
y volcarse incivilmente en la misma senda,
siendo homenaje, tributo y despojo
hasta el último latido,
del amor, el deseo, los sueños,
el placer y el dolor sucesivos e intermitentes
que genera en algunos,
que nos empeñamos en ser
solamente el amor.

UTOPÍAS

Mas algún día volverá,
y verá sus sueños realizados,
sobrevivirá al tiempo,
continuará en él la esperanza
después de muerto;
podrá vagar por un mundo
de silencio,
mas algún día volverá
y se mecerá en sus sueños
hechos realidad.
Las quimeras de los espíritus puros
no puede destruirlas el tiempo,
perduran en la ilusión
de almas hermanas de las suyas,
y un día muy lejano,
de cielo muy azul,
podrá ver tangible
el mundo hijo de sus sueños.
Podré estar oculto
bajo las aguas de un mar
que desde aquí creemos incierto,
pero la misma ilusión y la rebeldía
que me hicieron sufrir en la vida,
harán que en la muerte
no esté muerto,
y surgirá de las olas mi sonrisa,
que en las noches de tormenta
escucharán mis hermanos
desde el mundo en el que yo
quise vivir.

CLAUDICACIÓN.

Yo no quiero
ya que ninguna,
que otra más
pinte mi cielo,
pues yo vivo aquí en el suelo
bajo fango y sobre piedras,
y esa manchas figuronas
fueron siempre púas de acero,
y entre acero y entre piedras,
rebotando en ese juego,
se partió mi corazón.
Yo no quiero
que ninguna,
que otra más
manche mi cielo,
pues mi vida está en el suelo,
y ese cielo insinuado
querría algo de mi pecho
y ya no queda corazón.
¡No!... que otra más
manche mi cielo;
pues la vida entre fango
y sobre piedras
es costumbre de hace tiempo
y no quiero otra aventura
que haga que mi propio cerebro
se carcajee de ese hueco
donde ya no hay corazón.
Yo no quiero que ninguna,
que otra más pinte mi cielo
y lo borre con traición,
o lo vea yo de cerca
y se apague la ilusión,
enturbiando el frío cerebro,
y no me queda corazón.
Yo sólo quiero soñar solo,
sueños fríos y sutiles que se olviden fácilmente,
para así volver a soñar
los caprichos de mi mente,
que yo debo de apurar,
quiero estar solo en el juego
de jugar soñando sueños,
pues sólo me queda el frío cerebro;
yo no tengo corazón.
Y si donde
habite el olvido,
en algún lugar siniestro
queda una hembra amante
que a mi lado venga a dar,
que prosiga su camino,
pues yo hueco en este mundo,
no podría mirarla a los ojos
y separar los labios
para decirle que no tengo corazón.

INOCENTES.

Lejos de amores perfectos,
por ser platónicos,
vivo el amor contigo cada día
(el amor que soñé vivir un día),
mas no es perfecto,
por no ser platónico;
sobresale como punta de lanza ardiente,
o es caricia de un momento de ternura
real y no soñada
en medio de las ruindades de la vida,
de las circunstancias del infierno
que habitamos,
y a tu lado camino todos los días;
a veces llueve y nos mojamos,
a veces el aire me empuja en la garganta,
soportas mis defectos y pecado,
y al cabo yo recibo tu imperfección
impuesta por imperativo del nacer
en este mundo aciago, basto y raro;
vivir juntos fue nuestra meta,
y juntos padecemos cada día,
que vivir es padecer solo o contigo,
viviendo, soñando, envejeciendo
y luchando a golpes de ciego
contra el mundo que nos construyó
y en menor medida construimos
con besos, llantos, equívocos,
caricias, noticias que recibimos esperanzados
y noticias que nos desgarran cada día.
En un infierno, con dos infiernos
quisimos hacer cielos
de pasión, paz y armonía,
mas todos son conjuros de momentos,
y el resto sufrir la vida deshonesta,
que con voces traidoras y lisonjeras,
nos prometió un paraíso,
entre rediles y jaurías.
Mas ojalá no haya muertes definitivas
que nos separen y nos muestren
el fondo ensangrentado de sus bocas
con sus crueles risas;
espera, y esperemos aquí juntos
navegar por las eternidades
de mundos menos ingratos;
vivir de la mano, con los corazones enzarzados,
las que fueron quimeras del pasado
en la niñez y en la adolescencia
del principio inocente
de nuestras vidas.

LUZ SOÑADORA.

Mis ojos se centraron en un mar iluminado,
un mar azul radiante, en un espejo
que emitía torrentes de luz;
inmensa claridad contrastaba
con las manchas de las rocas perdidas
en la lejanía;
aguas vivas que ocupaban mis pupilas
y rompían en espuma absorbían
mis sentidos;
un plano perfecto, formas en suave relieve,
himnos celestiales que brotaban
al abrirse las olas,
cristales transparentes que
nada ofrecían tras de sí,
porque no podía haber más belleza,
porque el infinito estaba allí.
La perfección de la imagen;
chorros de sensibilidad bullían en mí,
y una prueba irrevocable
de que la realidad de por sí
puede superar la más ambiciosa
de las imaginaciones.
La calma y la quietud,
el sol, la paz y la belleza
de un ángel de nácar,
se fueron deshaciendo a borbotones,
aquello que las palabras de un dios
no podrían describir,
aquello que calmó toda mi sed de poesía
no lo pude plasmar aquí;
y el alma de Dios se trocó
de luz soñadora en penumbra y oscuridad,
nubes deshicieron el encanto
de los increíbles paisajes Becquerianos,
y una puesta de sol me abandonó,
para dejarme de nuevo sólo...
hundido en mi mediocridad.

MUJER DE POCA FE.

Soy la sombra del anhelo
que te mira codiciosa
en los ojos de la brisa
y te envuelve en la distancia,
atada fuerte al desencanto,
tirando cruel de mi aliento;
obsesa aura que besa tu cuerpo
y aún tu espíritu, tu alma,
tu olvido, tu falta de fe,
tu desprecio y tu silencio.
Soy devoto de tus dudas
en la ermita del deseo,
humillado por tu falta de fe

y el abandono cruel
de tu esperanza al comienzo de mi sueño,
en un siempre, que no formaba parte
de tu sueño.
Jugaste a la ruleta rusa
con tu sonrisa en mi sien,
una sien que era tuya,
y ahora, mi sombra
te pide el beneficio de tus dudas,
de tus voluptuosos besos,
de tus miradas traidoras,
del poco valor que para ti tuve,
y que para mí se fue perdiendo
(mujer de poca fe),
hasta que sólo quedase
la sombra del anhelo,
que sólo sabe que el orgullo
es la dignidad de los ciegos,
que para ser digno
he de estar henchido
de humildad, ser el más valiente
de todos los pobres
que encontraste en tu sendero,
y encuentras todos los días
(somos todos los que estamos),
y así pedirte que aprietes fuerte
con tu boca mis labios,
para quemarnos juntos en el fuego
con mi amor y tu deseo.

FEMINEIDAD.

Sus ojos se vislumbran entre las sombras,
y sus senos tiernos transparentan
a través de la camisa azul claro,
sus labios gruesos son de un rosa pálido,
y su mirada es profunda y distante,
se oculta en ella el amor y el misterio
de una pasión callada.
El pelo negro, ligeramente ondulado,
le cae sobre los hombros,
y hace juego con sus ojos,
dos rocas perdidas en el mar,
que a lo lejos se ve bravo,
y de cerca está quieto y callado.
Su mirada sugiere la monotonía
de un contínuo frenesí emocional;
la armonía de la tonalidad
de sus ojos, su cabello y sus carnes
parece desprender la energía de su alma,
que configura un aura magnética,
que susurra dibujando en la lontananza
de la más bella puesta de sol,
con nubes enrojecidas por la fuerza
deslumbrante y efímera
que se oculta con la fugacidad
de lo inefable, la palabra
femineidad.
Sensualidad, fragilidad, ternura,
melancolía y tristeza vaga
de un vitalismo infinito y estático, monótono,
proyectan la forma de sus labios
y la luz de su mirada,
que se confunden,
haciendo soñar y añorar
un ánima misteriosa, enigmática,
paradisíaca, un mundo lleno
de exotismo.
Quisiera poder abrazarme a su cuerpo
y a su espíritu con toda la intensidad
de mi afecto erótico y penetrar dentro de sí
formando una sola realidad, y bebiendo
dentro de su aliento su felicidad,
regresar dentro de mí, en un éxtasis ataráxico
entre el frenesí y la ternura
Mientras la miro me muero por dentro,
porque sé que nunca la conseguiré,
es demasiado distante;
¡qué mirada tan distante,
tan cercana y tan provocativa!
Sin embargo, yo la amo,
sí, estoy enamorado de esa mujer,
de la mujer del cuadro.

SOLEDAD Y SOLEDAD

Si te abrasa en el rostro
la llama de la antorcha
que alumbra esta larga, negra,
tan confusa y de horror
noche de tu vida,
que parece no respetar
la llegada de un nuevo amanecer,
déjame que camine junto a tí
para humedecer tu cara con mis besos,
y espera conmigo un alba,
que está condenada a nacer
y a ser testigo
de como la iluminas de nuevo
con tu mirada, mientras te adoro;
si tienes fe en quien vive en ti
el motivo tan grande y tan solo
de su vida,
si tienes la fuerza y el amor de renuncia;
¡ámame con esa fuerza!,
y sólo querré lavar tus pies
con la última gota de mis venas;
no permitas que tu agonía
queme en cenizas mi cuerpo y mi espíritu;
si las espinas, calientes, crueles, secas,
que humedecen tus pies desnudos
al caminar, te hacen buscar
otra senda...
perdido, desnudo,
a un lado del camino,
en un nido de zarzas entre la maleza,
en una noche eterna y fría,
atado, impotente por las espinas
que cambiaron tu camino,
gritaré afónico,
con la sangre bullendo
en mis labios resecos
(que nunca tanto amé).
Nunca podré pensar
mas que ese pensar eterno,
en el bosque del horror,
donde las almas insatisfechas
vagan tropezando para siempre sin final;
mientras anhelo sea para siempre
un calor plácido en tu pecho,
que sonría en cada latido de tu corazón.

sábado, 24 de julio de 2010

LAS ALBAS. AMANECERES.

Colgado junto al cuadro de la pared
se veía el espejo...
comencé caminando despacio,
y conforme me movía yo
se movía lo que había dentro;
todo ello y el silencio reinante
me hizo meditar un momento:
como un espejo es la vida,
pues en tanto por ella vas pasando,
te va ofreciendo con el transcurrir del tiempo,
hora tras hora, día tras día,
un sinfín de imágenes distintas;
y si lo piensas nada es nuevo ni verdad,
todo son reflejos y mentiras:
sombras de una realidad que eres tú mismo,
de un mundo que desde siempre está contigo,
y que va cambiando conforme caminas;
y el día en que el espejo se quiebre,
el día en que la ilusión se apague...
habrá terminado tu vida.

ABRIR LAS PENAS MÁS GRANDES.


Me quiere llorar el alma,
a borbotones, como llantos de payaso,
un tétrico día de función
sin ganas de llorar ni de reír.
Se me mata por llorar el alma,
como ríos de glaciar que arañe
todos mis ojos todos, hasta arrancar el vítreo
que corra por las mejillas de mi corazón
(mas aún sabiendo que está muerta).
Se me murió por llorar el alma,
cuando mis dedos no encontraron
la exención tan principal
de secar secos ojos secos de ceniza
y escarbaron las uñas de los hombres
y el Dios de todos,
con fuerza unísona,
la fuente muerta de mi ser.
Sin saber que me duele,
todo me duele todo,
y todo es nada,
sino una misteriosa formidable fuerza
que me hace ser el dolor.
Y aquí, donde dejo de esperar,
espera esa fuerza irrespetuosa,
esperando en la esperanza,
sin que tenga ser mi cuerpo
ni para esperar, ni para existir,
ni para hallar nada.
¡Muérete diablo!, que habitas en quien yo fui,
sin dejarme esconder entre tu vello
repugnante y sucio, porque temes
que mi dolor te doblegue
como picadura de hiel a despreciable monstruo,
y me humedezcas para renacer yo,
más allá del bien y del mal;
tan sólo para llorar.

¡OJALÁ ESTUVIESES A MI LADO!

¡Qué noches tan tristes,
tan mojadas de sudor tan frío,
por no poder no pensar en ti!
En cada hueco estás tú,
mirándome;
en cada vacío está tu cuerpo y espíritu,
una sonrisa y una voz que me dice: ¡ven!.
Te busco en cada esquina y en cada rincón,
el lleno de tu cuerpo, espíritu,
tu sonrisa y tu voz,
y cuando voy a abrazarte,
suspirando de pasión,
el aire hueco cruel y la nada
me despiertan sobresaltado,
recordándome que es una burla del amor.
¡Qué noches tan crueles
sin el susurro de tu voz!
¡Qué cruel noche es la distancia
que convierte tu contacto,
tu respirar, tu latido,
en eco de una obsesión!
Si estuvieras a mi lado
cada noche y esta noche,
¡qué bella sería la palabra amor!
¿Y tú serías quién eres?
-No.
¿Y yo sería quién soy?
-No;
seríamos uno solo,
un solo latido, un solo suspiro
un solo corazón;
y yo sería tú, y tú serías yo,
seríamos uno sólo,
palpando un solo cuerpo,
y entonces el sudor frío
sería un no pensar en nada,
un vivirlo todo,
un cálido aliento
que nos mojaría a los dos.
¡Ay Dios, no sé qué sería...!
¡Si estuvieses a mi lado cada noche
y esta noche...
qué bella sería la palabra amor!



Mi madre, Aurea Abad Maceiras, para la que nunca he sido capaz de construir una poesia que fuese una obra maestra, tal como yo deseaba.

PARTÍA.

Partía,
en mi camino hacia no sé donde,
con la esperanza enjuta y descarnada,
decapitada por la helada
guadaña de la muerte;
latía sin sentido o temblaba torpe,
como un adiós afónico
de un corazón arrancado a tirones con uñas afiladas
a lo largo de mi vida;
y eran paisajes que sonreían
como sonríen los perros,
que se burlaban crueles,
apareciendo y escapando del túnel de espejos
por el que me arrastraba,
con las rodillas sangrando
y las manos llagadas y embadurnadas
por la vida que se escapaba
y dejaba un cruel sendero,
testimonio de mi desdicha.
El último paisaje del último espejo,
aunque vacilaba,
avisado por la picardía del mundo,
se mantuvo un momento, observándome curioso.
El más hambriento y constante mendigo de amor,
derrotado en mil batallas y una guerra,
tendió por última vez la mano,
y una sonrisa triste comenzó
a dibujar la fe en tu espíritu.
Dejé que metieses tus manos
en las llagas de mi costado,
y fuiste y eres sonrisa húmeda
de terciopelo y aliento tibio,
bálsamo inefable de la magia
que crean dos corazones
hermanos por el destino,
que me cobijas dentro de ti.
Y dentro de ti construiré el mundo
donde brotan las flores,
donde el agua cristalina
corre detenida por ti,
y perfuma un lecho
de piedras pulcras y hierbas verdes.
Una puesta de sol en nuestras miradas,
una canción nunca escuchada,
bajo una cascada de espuma
que baña nuestros cuerpos
desnudos, asidos por el cielo;
porque tú eres el amor, la fuerza y la magia,
el frenesí y el sosiego que me colman,
que permiten crear con la imaginación
la tierra prometida por nuestros padres,
para nosotros y nuestros hijos.

PEREGRINO DE AMOR. (CARTA PARA CONSUELO)

Piensa que soñé contigo
después de romperse mil sueños;
sabe que quizá no me queden
ya muchas fuerzas
para caer sobre las rocas del desamor
una vez más, desde el cielo.
Créeme si te digo,
créeme si te cuento,
que aquella noche tan agria,
un veintiocho de enero,
quemaba tanto la helada
en la cruz de un firmamento
sin estrellas,
que nací en el olvido
y viví en el silencio
de todos los que en mi vida
pasaron a mi lado,
y nunca me conocieron.
Fue muy pronto
(antes de todo lo que recuerdo),
que asombré, me vieron extraño
porque cuando acababan de arrojarme
al mundo que a mi manera te cuento,
ya tenía los ojos abiertos.
Quizás me sentí asombrado
al perder la paz del vientre materno,
y supe desde aquel momento
que nunca encontraría
esa paz que siempre anhelo,
o quizás muy tarde
(me lo dice la esperanza: el cascabel de los ciegos),
porque pude comprender
que era mucha mi hambre
para poder sentirme
alguna vez satisfecho, en un mundo,
donde el amor y la comprensión
a los buenos, los que caminan desnudos,
los que no conocen la mentira,
la envidia, los sinceros,
aquellos que somos como conejas
de parir buenos deseos,
sólo te lo pueden dar
los que llevan lo mismo dentro:
alguien que conozca amor
porque lo lleve en sus entrañas,
en su respiración, en su mirada,
en su latido, en cada momento.
Un día soñé contigo
porque te ví diferente del mundo
que tanto amo y desprecio,
y necesitaba soñar una vez más
para continuar viviendo.
Así, a pecho desnudo,
con el corazón abierto,
te hablo sin vergüenza y miedo
de mi miseria (el amor),
aunque la experiencia me diga
que sólo triunfan los listos,
que fracasan muchos buenos;
que ahora, como muchas veces,
me convendría el silencio,
que nos hablará el tiempo;
pero la persona que busco
no puede recelar de mis defectos,
y mi dignidad me impide
no decir todo lo que siento.

¡Ríete...!; cuando era niño
soñaba con ser perfecto.

SOMBRA DEL ÁNIMO.

Que nadie espere por mañana
para poder ver cambiar la vida;
que fije la mirada en el pasado,
y a través de la senda perdida
podrá contemplar siempre lo mismo;
el camino a sus ojos se mostrará largo y monótono,
su implacable continuidad desmayará su espíritu,
y una sonrisa amarga cubrirá su rostro
al triste ver las diferencias en lo acaecido,
y recordará:
aquel trecho vine andando... por allí he corrido;
y observando lo constante y uniforme de nuestra existencia,
al ver que todo es sombra del ánimo de nuestro espíritu,
podrá dar por pasado lo no venido.
Caminantes de un camino todo igual somos,
nos hacen creer los traspiés y cambios de ritmo
que una senda nueva es la que recorremos,
y esperamos ver mañana la vía ancha y más llana,
esperamos que cambie la vida,
cuando todo lo que cambia es nuestra forma de verla y afrontarla;
mas aquel que fijando la mirada en el pasado
vea la implacable continuidad del camino,
al ver que todo es sombra del ánimo de nuestro espíritu,
una sonrisa amarga cubrirá su rostro...
y triste dará por pasado lo no venido.